ago 302012
 

Cristian Aguirre

En un oscuro desván yace olvidado desde hace muchos años una carta. Desde que fue dejada por primera vez lleva acumulando tanto tiempo como polvo y desde luego no ha sido desdeñada de recibir la inquieta visita de una voraz polilla cuyas preferencias culinarias incluyen la celulosa del papel. Ya hace mucho tiempo que se evaporaron las lágrimas que cayeron sobre su superficie, una superficie que por cierto estaba plagada de extravagantes trazos de tinta negra poblando su superficie.

Para la polilla estos trazos no significan realmente nada salvo un ligero cambio de sabor en su preciado menú. Por eso, desde que la encontró, no ha dejado de producir tantos agujeros en la carta que muchos de aquellos trazos de tinta, que en el pasado fueron capaces de producir tantas lágrimas, han dejado de existir.

Pero ¿Qué extraña magia hace posible que algunos trazos de tinta negra sobre un papel sea capaz de producir semejante emoción?

¿Por qué un ser humano puede tener fuertes reacciones emocionales ante la visión de unos trazos de tinta sobre un papel y no la polilla? ¿Qué los diferencia en este caso?

A diferencia de la polilla, el lector humano es capaz de hallar SIGNIFICADO en aquellos trazos de tinta que no son de formas azarosas, sino que más bien poseen formas específicas que llamamos SÍMBOLOS. Estos símbolos representan la abstracción de una idea. Para el caso de las letras representan las piezas necesarias para construir los fonemas de un idioma humano de tal modo que, cuando se concatenan, pueden formar palabras que a su vez son abstracciones también de ideas con significado.

Si la polilla no se emocionó con el mensaje expresado en los trazos de tinta, no fue porque no pudiera emocionarse (y aquí no nos interesa tratar el tema sobre si las polillas son seres sentimentales), sino simplemente porque no halló ningún significado en ellas. Eran comida y punto. Es verdad que también podríamos invocar la diferencia de inteligencia entre este pequeño insecto y un ser humano como causal de esta incapacidad de interpretación, aunque ello sería algo injusto ya que si la carta estuviera escrita en un idioma que no pudiera interpretar el lector humano sería así tan estéril en significado como lo fue para la polilla.

¿Sería posible que nosotros los seres humanos estemos como la polilla también comiendo despreocupadamente grandes trozos de información con significado y en cantidades verdaderamente astronómicas sin darnos cuenta? Continúe leyendo »

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mar 242012
 

Felipe Aizpun

Recordemos que el proceso de construcción de las proteínas se basa en la traducción de una secuencia de nucleótidos, configurada como ARN mensajero, que procede de una transcripción de la secuencia codificadora de un gen, es decir de la correspondiente secuencia de una hebra de ADN procedente de un cromosoma. Esta secuencia ha sido extraída desde el núcleo de la célula al citoplasma donde se encuentran las maquinarias moleculares encargadas de realizar la síntesis proteica, habiendo sufrido un proceso previo de “splicing” o (empalme) de diferentes partes de dicha secuencia original eliminado las secuencias no codificadoras o intrones y reordenando las secuencias con significado funcional o exones. En definitiva, el ARN mensajero pasa al ribosoma que es la máquina molecular encargada de ensamblar las cadenas de aminoácidos a partir de la información contenida en el mismo.

Dicho proceso de traducción parte del significado (arbitrario, el código genético) de las bases del ADN ordenadas de tres en tres, los codones. El proceso de ensamblaje se realiza en el ribosoma a partir de los elementos incorporados al mismo por determinados artefactos moleculares que cumplen la función de hacer efectivo el significado semántico de los codones. Estas maquinarias moleculares se conocen como adaptadores desde que así los definiera el propio Francis Crick en otra de sus valiosísimas intuiciones proféticas que abrieron el camino al descubrimiento del funcionamiento íntimo del proceso. El proceso se apoya en el concurso de dos elementos esenciales, por un lado el ARN de transferencia que aporta físicamente el aminoácido hasta la “cadena de montaje” o ribosoma. Otro es la enzima aminoacil ARNt sintetasa que se encarga de incorporar a cada ARN de transferencia el correcto y exacto aminoácido que corresponde.

Repasémoslo con algo más de detalle. Los ARN de transferencia poseen una secuencia de tres bases denominada anticodón en uno de sus extremos que les permite conectar con el correspondiente codón del ARN mensajero ubicado en el ribosoma y que espera ser traducido. En el otro extremo de la molécula se produce, totalmente carente de conexión físico-química alguna con la zona del anticodón (lo que refuerza el carácter arbitrario del proceso) la incorporación de un aminoácido específico de la manera que a continuación explicaremos. Existen por lo tanto, básicamente, un número similar de moléculas de ARN de transferencia al número de codones diferentes que deben de ser traducidos (en realidad alguno menos, unos 56, dada la polivalencia de algunos de ellos). Continúe leyendo »

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nov 162011
 

Felipe Aizpún

William Thorpe, zoólogo:d

El más elemental tipo de célula constituye un mecanismo inimaginablemente más complejo que cualquier máquina jamás ideada, menos aún construida por el ser humano.

Michael Denton, investigador en genética y biología del desarrollo:

La biología molecular nos ha mostrado que hasta los más simples de los sistemas vivos presentes hoy en la Tierra, las bacterias, son objetos enormemente complejos. Aunque las más pequeñas bacterias son increíblemente diminutas, pesando menos de 10^-12 gramos, cada una de ellas es una verdadera factoría en miniatura conteniendo miles de piezas exquisitamente diseñadas de intrincada maquinaria molecular, hecha de cien mil millones de átomos, de lejos más complicado que cualquier maquinaria construida por el hombre, y sin paralelo alguno en el mundo inanimado.

Bruce Alberts, ex-presidente de la National Academy of Sciences (USA):

Siempre hemos subestimado a las células… la célula completa puede verse como una factoría que contiene un elaborado entramado de líneas de montaje interconectadas, cada una de ellas compuesta por un conjunto de grandes maquinarias hechas de proteínas… ¿Porqué llamamos a los extensos conjuntos de proteínas que soportan las funciones celulares, máquinas? Precisamente porque, como las máquinas inventadas por los hombres para desenvolverse en el mundo macroscópico, estos conjuntos de proteínas contienen partes móviles altamente coordinadas.

Paul Davies, Premio Templeton:

La vida es más que sólo complejas reacciones químicas. La célula es también un sistema de almacenaje, proceso y replicación de información. Necesitamos explicar el origen de esta información, y la forma en que la maquinaria que procesa dicha información vino a la existencia.

* * *

El origen de la vida continúa siendo uno de los mayores misterios de la ciencia. El rompecabezas central es el problema del umbral. Sólo cuando las moléculas orgánicas alcanzan un cierto y muy alto nivel de complejidad pueden ser consideradas como “vivientes” en el sentido de que pueden albergar una gran cantidad de información codificada de forma estable y no simplemente ser el receptáculo de instrucciones para su replicación, sino que además deben albergar los medios para llevar a cabo esa replicación. El problema es comprender cómo dicho umbral podría haber sido cruzado mediante procesos físicos y químicos ordinarios sin la ayuda de algún agente supernatural. Continúe leyendo »

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sep 132011
 

Felipe Aizpún

El rechazo del darwinismo

Shapiro deja claro desde la primera página del libro que el objeto de la búsqueda es el proceso emergencia de novedades biológicas, que no es la selección sino la innovación el objeto central de la indagación evolutiva. Sin variaciones y novedades, nos dice, la selección no tiene nada sobre lo que actuar. Desde el inicio manifiesta abiertamente su rechazo al discurso tradicional del neo-darwinismo y niega que la modificación de las formas vivas pueda explicarse como un proceso puramente fortuito, carente de una finalidad intrínseca. Ni el azar ni un accidente pueden ser postulados como justificaciones suficientes del proceso. A Shapiro no le duelen prendas en declarar que la adopción del discurso propio de la ortodoxia tradicional en este sentido tiene un componente ideológico y que aferrarse al mismo es explicable como una posición enfocada a rechazar la presencia de cualquier agente sobrenatural en el proceso tal como desde instancias religiosas se venía postulando en el pasado (pág. 2).

Desafortunadamente el proceso parece haberse invertido y son ahora quienes se aferran al discurso puramente estocástico quienes se alejan de la racionalidad científica al desconocer las conclusiones de las observaciones y evidencias recogidas en las últimas décadas. Las observaciones, nos dice Shapiro (pág. 2) confirman que los procesos de cambio observables son de naturaleza esencialmente adaptativa, responden a influencias ambientales de cambio, se desarrollan según patrones identificables y actividades biológicas específicas. De esta forma, la insistencia en el origen puramente fortuito y no dirigido a resultado funcional alguno procede de compromisos ideológicos; “hace falta mucha fe”, nos llega a decir Shapiro (pág 134), para creer que un proceso de cambio fortuito o accidental en el genoma puede producir las novedades funcionales que son capaces de desarrollar las complejas maquinarias moleculares de las células vivas.

Shapiro nos enfrenta así a una disyuntiva: frente a la propuesta tradicional de un proceso de cambio regido por la acumulación de mutaciones fortuitas, él nos ofrece una alternativa que ha constituido el objeto principal de su actividad profesional en los últimos años: la ingeniería genética natural. Básicamente lo que nos propone es la idea de que los organismos vivos se cambian a sí mismos en procesos estrictamente naturales de acuerdo con patrones de respuesta orientados a una finalidad y sobre la base de una maquinaria molecular específica. En definitiva, la ingeniería genética molecular se supone que describe la capacidad de las células vivientes para manipular y reestructurar las moléculas de ADN que constituyen su propio genoma. Continúe leyendo »

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